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Laura Martínez, alumna de 2º ESO, consigue el 1º premio de cuentos de Navidad y Reyes del Centro Cultural Ánade

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Enero 2015

Siempre nos alegra recibir premios y reconocimientos, pero si llegan de mano de los alumnos, la alegría se multiplica. Un premio es más que una distinción. Es el broche a un camino bien trabajado y con ganas de hacerlo lo mejor posible y con alegría. Nuestra alumna Laura Martínez ha conseguido un galardón muy destacado: el 1º premio los premios "Pan en la Tierra" de la Asociación Cultural ANADE, en la categoría de cuentos. En el Salón de Actos Goya del Palacio de las Cortes de Aragón y bajo la presidencia de Doña Rosa Plantagenet, vicepresidenta de las Cortes, tuvo lugar la entrega. Los premios de la primera categoría fueron otorgados por el Gobierno de Aragón, la delegación del Gobierno de España en Aragón, el Ayuntamiento de Zaragoza, el Justicia de Aragón, la Diputación Provincial de Zaragoza y la Fundación CAI. Los segundos premios los otorgaron Heraldo de Aragón, Radio Zaragoza - Cadena SER, Noticias Jóvenes y el Centro Cultural Ánade. Los terceros los entregaron la Asociación de Artistas Plásticos Goya-Aragón, La Real Sociedad Fotográfica de Zaragoza, Imaginarium; finalmente, los accésits lo fueron por el Centro Cultural Ánade, dos en modelado y otro en pintura y dibujo. Asimismo, el Centro Cultural Ánade significó a los tres Centros educativos que se habían distinguido por la calidad y mayor participación en los Concursos convocados, con tres Diplomas de Honor a los que la Cortes de Aragón se sumaron con libros de cuidada edición para los Colegios.

El encuentro de los niños, acompañados de sus padres, con las autoridades, medios de comunicación y entidades colaboradoras resultó vibrante y emotivo a causa de la importancia de los galardones y del natural comportamiento de las diferentes personalidades que los entregaron a los niños. Desde Sansueña damos la enhorabuena a Laura por su fantástico trabajo cuya lectura recomendamos.

Para leer la noticia que ha publicado Heraldo de Aragón sobre el concurso, pinchad aquí.

 

 

SAM Y LA NAVIDAD

 

Era una gélida mañana de diciembre, en tiempo de Adviento, y Sam el cazador salió, como todos los domingos, a cobrar su presa. No es que necesitara cazar para comer, sino que lo hacía por diversión, como si practicase cualquier otro deporte.

Cogió su mejor escopeta, se calzó sus botas de agua y se fue a la marisma tras tomar un opíparo desayuno para tener mucha energía, pues la víctima elegida de ese día no era fácil de atrapar y exigía mucho esfuerzo físico. Había decidido que ese día le apetecía cazar un pato salvaje, de esos con un plumaje diferente al de los patos domésticos, con la cabeza cubierta de un precioso plumón verde oscuro y el pico amarillo.

A Sam nunca se le había ocurrido pensar que los animales que él cazaba pudieran sufrir el la agonía tras el disparo certero, o incluso si dejaba huérfanos a la prole del animal cazado, que también morirían sin remisión al faltar su madre, fuera ésta un jabalí, una paloma torcaz, o un pato, como era su objetivo de ese día.

Ni corto ni perezoso salió de su casa al alba, perfectamente pertrechado para conseguir su objetivo y volver triunfante a casa, no sin antes darse una vuelta por el bar donde, ufano, enseñaría a sus amigos su botín dominical.

Tras una hora de camino, llegó a un sendero enfangado, señal inequívoca de que se hallaba cerca de la marisma. Buscó un buen lugar donde esconderse y esperar a que algún pato despistado alzara el vuelo o simplemente se acercara nadando. Estaba seguro de no fallar, pues esa mañana había escogido entre su numeroso arsenal el rifle con más alcance de tiro, el más preciso, el que tenía mejor mira telescópica a la que ningún animal escapaba; en definitiva, llevaba el rifle que mejor mataba.

No era una mañana cualquiera. Hacía mucho frío, la neblina que se posaba sobre la marisma le impedía ver a poco más de diez metros, y ni siquiera su estupenda mira telescópica podía atravesar el vapor de agua que ocultaba cualquier movimiento de los patos, que por otra parte no cesaban de parpar, pues así se llaman los sonidos que hacen los patos salvajes.

El incesante ruido y la casi total ceguera por la neblina comenzaba a poner nervioso a Sam, deseoso de apretar el gatillo y hacerse con el premio dominical.

No pasó mucho más tiempo cuando oyó unos ligeros chapoteos en el agua cerca de él, y aunque seguía sin poder ver nada, se puso en guardia, como si le fuera la vida en ello. Tras unos segundos, apareció nadando a escasos dos metros de él  un hermoso pato, de esos con la cabeza verde y el pico amarillo, de esos que le iba a valer más de un alago cuando lo viesen los amigos colgado a su cincho de intrépido cazador. Sólo hubo de esperar un `par de segundos y de un certero disparo dejó flotando inerte en el agua a su feroz enemigo, el pato, que en esta ocasión resultó ser una pata,

Ya se disponía a recoger el ave del agua cuando comenzó a oír más chapoteos en el agua que se apresuraban hacia él. Ávido de más triunfos, se dispuso a cargar su rifle y cobrarse una nueva víctima que hiciese juego con la que ya yacía en el agua. Ya con el dedo en el gatillo, observó como ocho pequeños patitos rodeaban a la pata a la que acababa de disparar, y con sus débiles sonidos parecían decirle- “venga, muévete mamá, que tenemos frío si nos paramos ahora” -.

Sam, el intrépido cazador, el que se jactaba de no fallar nunca sus disparos, se quedó helado, y no de frío, ante la escena que estaba presenciando. Sin darse cuenta guiado por su instinto y sus ganas de divertirse, nunca se había parado a pensar en las consecuencias de su juego, pero aquella situación cambió la vida de Sam para siempre. El fornido Sam rompió a llorar como un niño cuando comprendió lo que su acción había supuesto para esos patitos, que con toda seguridad morirían enseguida sin el cobijo y el cuidado de su madre.

Sam ya no podía remediar el haber disparado a la mamá pato, pero decidió que esos ocho patitos no iban a quedar  por su culpa. Así que, dicho y hecho, metió a las desvalidas crías en su zurrón y se dirigió directamente a su casa, sin pasar a ver a sus amigos. Esa mañana no se sentía un triunfador, sino más bien un malhechor, y eso no era para contarlo.

En cuanto llegó a su casa puso a los patitos en torno al hogar en una manta para que sintieran un poco del calor que les proporcionaba su madre, y les dio de comer.

Desde aquel día, Sam ya nunca volvió a cazar, sino que empleaba los domingos en cuidar a sus patos hasta que fueran lo suficientemente fuertes para valerse por sí mismos y soltarlos en la marisma. Y siguió así durante muchos años, hasta que fue muy viejecito y ya nadie le conocía en el pueblo como Sam “el cazador”, sino Sam “el cuidador de patos”. Un gran cambio de apelativo, pienso yo, ¿no creéis lo mismo?

Ésa fue realmente la primera Navidad en la que Sam sintió el verdadero espíritu que ha de presidir esas fechas, y aprendió a disfrutar haciendo el bien.

Cuando mi padre me narró este cuento, imaginé que se lo había inventado, pero también pensé que por fin me había hecho comprender cuál era el verdadero espíritu de la Navidad, y todo el bien que el nacimiento de Jesús podía obrar en todos nosotros, porque si incluso lo había hecho en pétreo corazón de Sam, -¡imaginaos en los nuestros!- .

 

Laura Martínez, 2º ESO.

 

 

 

 

 

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